Desde la lealtad absoluta hasta la creatividad ante la precariedad, la serie de Netflix basada en la obra de Oesterheld refleja saberes y formas de vincularse propias del conurbano.
A días de su estreno, la adaptación de El Eternauta en Netflix generó un debate encendido sobre su fidelidad a la esencia de la obra original de Germán Oesterheld. Más allá de si logra reflejar plenamente el espíritu colectivo que caracterizó a la historieta de 1957, lo cierto es que esta versión pone en primer plano una nueva reivindicación: la del héroe conurbano. No solo se mantiene la idea de lo colectivo como eje, sino que se incorpora un enfoque territorial, profundamente arraigado en el Gran Buenos Aires.
La narrativa de la serie resalta costumbres, saberes y modos de vincularse propios de los barrios del conurbano, a través de escenas donde la solidaridad, la amistad y la inventiva surgen como respuestas espontáneas ante la adversidad. El taller-sótano de Favali, lleno de herramientas, piezas viejas y objetos guardados “por si acaso”, es un símbolo claro de esa cultura del reciclaje funcional. Es el tipo de espacio que permite que la comunidad se organice, que se arregle lo roto, que se repare lo antiguo y, sobre todo, que se cree algo nuevo con lo que ya se tiene.
Los vínculos entre los personajes también reflejan una lógica barrial que trasciende lo individual. No es casual que la supervivencia se dé en una casa, y no en un departamento urbano. Esa vivienda permite albergar a los amigos, improvisar refugios, compartir cenas o jugar al truco. Así, la serie muestra cómo el diseño urbano y la forma de habitar inciden directamente en las formas de socialización, generando una red de apoyo emocional y práctico que se vuelve clave frente al desastre. En contraste, se sugiere que en un contexto más fragmentado, como el porteño, esas relaciones no podrían sostenerse de la misma manera.
El uso de autos clásicos y duraderos —Torino, Mehari, Estanciera, Renault 12 o un Mercedes 1114— también suma a esta identidad conurbana. Son vehículos anteriores a la obsolescencia programada, que requieren conocimiento técnico, dedicación y espacio físico para ser mantenidos. Esa familiaridad con lo mecánico y lo manual es parte de un saber popular, aún vigente en muchos hogares del conurbano norte, donde habitar una casa con galpón o garaje no es una excepción, sino parte de la vida cotidiana. En ese sentido, esta versión de El Eternauta no solo rescata una épica colectiva, sino que celebra una geografía y una cultura muchas veces estigmatizadas, otorgándoles un protagonismo central en la narrativa.









